
Por Ricardo Bocanegra
Pocas veces ha tenido el Ayuntamiento de Marbella un acierto tan grande como el de nombrar Hijo adoptivo de la ciudad al príncipe Alfonso de Hohenlohe.
El principal título que me faculta para escribir sobre Alfonso de Hohenlohe es la vieja y entrañable amistad existente entre su familia y la mía desde hace más de medio siglo, y, muy en especial, la estrecha relación de amistad y colaboración que siempre hubo entre el propio Alfonso y mi tío, Monseñor Rodrigo Bocanegra.

Esta circunstancia me ha permitido ser testigo directo del interés y la preocupación que siempre ha sentido el príncipe Alfonso por todo lo que concierne a Marbella. El príncipe Alfonso siempre ha estado en la vanguardia de la defensa de los intereses de Marbella, de su progreso y evolución en todos los órdenes y de su promoción permanente. A ello dedicó su tiempo, su trabajo, su dinero y casi toda su vida. Y lo hizo sin pedir nada a cambio. Con enorme generosidad y altura de miras.
Todos los honores que Marbella le dé a Alfonso de Hohenlohe son pocos comparado con lo que él le ha dado a Marbella.
La Marbella internacional y cosmopolita de hoy no se entendería sin la previa y valiosa labor de Alfonso de Hohenlohe. El fue el principal artífice de la Marbella mundialmente famosa a la que venían, invitados por él, aristócratas extranjeros, actores y actrices de Hollywood, miembros de las familias reales europeas y personalidades de las finanzas, de la política y de las artes de medio mundo.
El fue el que hizo de Marbella el principal bastión del turismo de calidad, del buen gusto y de la elegancia sencilla y distinguida.
Su Marbella Club aparecía en todas las revistas del mundo como uno de los centros de la vida social internacional con más clase y abolengo.
Y ahí estaba siempre el príncipe Alfonso ocupándose hasta de los detalles más nimios, atendiendo con extrema sencillez a sus clientes e invitados y promocionando Marbella al máximo nivel.
Pero, con ser importante lo que ha hecho el príncipe Alfonso por Marbella, tan importante o más es lo que no ha hecho.
Alfonso de Hohenlohe pudo haber construido en los años sesenta y setenta en el Marbella Club lo que hubiera querido. Sin embargo, por encima de la obtención segura de pingües beneficios, imperó en el príncipe su sentido de la estética y del buen gusto, su amor por la jardinería y las construcciones de mínima altura integradas armoniosamente en el entorno vegetal por él creado, y su máximo respeto y sensibilidad hacia el medio ambiente, las zonas verdes y la ecología.
Y con su ejemplo, consiguió crear escuela. Porque a partir del Marbella Club se impusieron estos conceptos en la mayoría de las urbanizaciones y proyectos inmobiliarios que le siguieron y que tan buena fama han dado a nuestra ciudad.
Afortunadamente, la Marbella de hoy, ¡ay!, continúa siendo uno de los centros turísticos más atractivos del mundo. Pero nunca podremos olvidar que los inicios de la Marbella turística de alto nivel y su acertado desarrollo posterior se debieron al buen hacer, a la visión de futuro, a la generosidad y al trabajo sin cuento de un hombre excepcional con el que Marbella tiene una deuda de gratitud eterna: el príncipe Alfonso de Hohenlohe.
Ricardo Bocanegra













