Hablamos mucho y conversamos poco, porque la gente llama diálogo a cualquier cosa; a los charlataneos de las tertulias, a los insultos que se dicen unos hinchas contra otros, a las polémicas de vinagre, al cruce de frivolidades.

Yo prefiero llamar diálogo al encuentro sereno en el que dos almas se encuentran. Es decir, a eso que ya no existe. A eso que se tragó la prisa. A eso que devoró la propia televisión.
Hoy día y salvo excepciones, la pareja habla pero no conversa. Padres e hijos discuten ó se lanzan evasivas pero no conversan. Y esto, señores, ya no es una devaluación, esto es un auténtico suicidio.
Tengo ahora mismo una encuesta en mis manos en la que se les pregunta a los niños por sus padres: la casi totalidad de ellos tienen una misma queja: sus padres no hablan con ellos ó cada vez lo hacen menos.
Otros se quejan de que sólo ven a sus padres los fines de semana y que se dedican a limpiar el coche ó se van al futbol ó los dejan con los abuelos.
Otro chico dice que su padre siempre se queja y grita porque no puede oír bien la televisión.
Otro niño dice que su padre sería el padre ideal si tuviese buen humor y le dedicara más tiempo y así podrían reírse un poco todos los días.
Hay páginas y páginas que podría llenar con citas de los chavales en esta encuesta. Todas gritan lo mismo y no es otra cosa que la terrible soledad interior de muchos niños que creemos que son “locos pequeños” y que sólo son personas pequeñitas que tienen ya un alma que querrían intercambiar con las de sus padres.
Patricio González
Billy Elliot
He vuelto a ver por enésima vez la película BILLY ELLIOT. La verdad es que sigue emocionándome y me he quedado con las ganas de ver el musical. Sin lugar a dudas, es la película de mi vida y no puedo evitar soltar algunas lágrimas aunque la he visto muchas veces.
BILLY ELLIOT, ví su estreno allá por los primeros años de este siglo XXI. Dirigida por Stephen Daldry, es la historia de un niño británico, hijo de un minero, que no quería ser del mismo oficio que su padre, ni boxeador.
Quería ser bailarín de danza clásica, quizá porque heredó la pasión de su abuela por el baile. Para el padre, un minero rudo y sindicalista, que su hijo pequeño quisiera ser bailarín era un drama, pero acabó apoyándolo. Cada vez que he visto la película he soltado lágrimas, quizá porque de alguna manera me veía reflejado en la historia del chaval del condado de Durham. Era un niño pobre, que luchó por un sueño con todo en su contra. En su pueblo solo podía ser minero, como su padre y su hermano mayor, pero el que nace con un don no puede evitar realizarse en el arte o el deporte. Billy era un niño prodigio, un talento, con un don para mover el cuerpo al son de la música o de un palo golpeando un latón. Tenía el ritmo en las venas y una coordinación asombrosa de los movimientos. Era un genio sin saberlo y cuando su padre lo entendió vendió las joyas de la familia y el chaval pudo estudiar en una prestigiosa escuela de Londres y triunfar como bailarín.
La película tiene momentos auténticamente sublimes, como cuando Billy le dijo al tribunal de la escuela que cuando bailaba era “como si desapareciera”. Hay muchas similitudes entre su vida y la mía, sin que pretenda compararme. Cuando, de niño, en mi barriada de La banda del río en la que me crié, leía tebeos o escribía cuentos y relatos en la libreta del colegio, de las de dos rayas, también era como si desapareciera, como si volara entre las nubes.
Me emocionaba tanto escribir, que me dolía el pecho y soñaba ya con poder dedicarme a contar historias de la vida. Era como un Billy Elliot de mi barriada. Leía y estudiaba. Mi padre era carpintero y los reyes magos ( sin entenderlo) solo me traían juguetes de madera, no los que yo quería. Pude ir a los Salesianos y los domingos si te sellaban que habías ido a la misa y a la bendición, podías ir a una sesión de cine. Pude conseguir una beca y estudiar Ingeniería Técnica Naval, pero era algo tan difícil como darle un beso a la cara oculta de la luna desde el fondo de un pozo. Os cuento esto porque, como os he dicho, me crié en mi humilde barriada de la Banda del Río, donde había que inventarse un sueño cada día para no morirse de tristeza.
Patricio González
La culpa siempre es nuestra
Vivimos sujetos a cada vez más esclavitudes. Y la verdad es que somos cada día más irresponsables porque estamos rodeados de cada vez más estímulos que esperan de nosotros una respuesta.
Ya, inmediatamente. El banco. Esa persona que te llama después de comer para venderte un seguro de vida, o uno del coche o del hogar, o un purificador del agua. Gente que te está diciendo continuamente lo que tienes que hacer y tú le cuelgas. O , por ejemplo, las etiquetas de los alimentos que no leemos. Lo que ven los niños en el móvil. Su agenda escolar. La dieta. El gimnasio que no pisamos. El combustible más ecológico que rechazamos por egoísmo. El deporte que no hacemos. Las mascarillas que ya se han quitado de encima y las han dejado a nuestro criterio y los irresponsables somos nosotros . El Espíritu Santo. En fin, qué más.
Si tuviéramos que estar pendientes de ese nuevo capricho de los que mandan de verdad y que consiste en a qué hora sube o a qué hora baja el precio de la luz y que conlleva consecuentemente las horas a la que tenemos que poner lavadoras y secadoras. Si tuviéramos que estar pendientes diariamente de todo eso no tendríamos tiempo de trabajar para ganar dinero y pagar esa luz. De modo que, como no estamos pendientes, la culpa es nuestra. Faltaría más.
Ya lo sabíamos desde el principio. Nos pilla un comercial por aquí o por allá y nos echa la bronca. ¡Cómo estamos pagando tanto habiendo tantas alternativas que nos harían pagar muchísimo menos¡. Qué torpes y necios, por Dios. Luego sale por la tele el Presidente de Iberdrola, por ejemplo, que tiene una cara de listo o de listillo que se la pisa, y se ríe en la nuestra llamándonos tontos porque, a diferencia de lo que le pasa a él, a nosotros nos cuesta pagar la luz mensualmente. Que él cobre 13 millones de euros al año no tiene nada que ver.
Seamos serios. Ese tipo se puede reír en nuestra cara por no irnos a su compañía, por torpes, por borricos, por lelos, o sea, por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa.
Hay que estar al loro, pendientes de todo, de los precios, de lo que sube, de lo que baja, de lo que baila, de lo que conviene por la mañana o por la madrugada, según. Si no, nos deberíamos quejar, porque entonces la culpa seguirá siendo nuestra. Qué nos creíamos.
Por cierto, también ha subido la bombona, oficialmente a 19,50 euros. En la realidad , supera los 23 euros, compruébenlo en las estaciones de servicio, pero háganlo antes echar combustible porque a pesar de ese descuento de 20 céntimos por litro, ya está por encima de 1,80……pero la culpa es nuestra.
Algeciras, 22 de mayo de 2022
Patricio Gonzalezy












