
Por Nielson Sánchez Stewart
Hoy es sábado y la mañana me evoca a mi amigo Antonio a quien echo terriblemente de menos. Lo veo en todas partes con su imagen inconfundible.
Durante veinte años o más, a las nueve de la mañana en punto de días como hoy estaba frente a mi puerta preparado para caminar por el Paseo Marítimo de esta ciudad encantadora.
La decisión era, siempre me permitía que la adoptase yo, si la ruta era la del poniente o del levante. A las tres horas, casi exactas, estábamos de vuelta, él para reunirse con sus amigos del Casino y yo para prepararme para el almuerzo familiar de menú único y repetido hasta el infinito.

Durante ese buen rato, nos poníamos al día de las actividades de la semana anterior, las mías eran generalmente más variadas pero las suyas eran igualmente interesantes, comentábamos particularidades de personas a los que ambos apreciábamos, veíamos los progresos de sus nietecillas a las que tanto amaba, pasábamos revista de las ocurrencias del gobierno del cual padecemos y evocábamos nuestras experiencias cinematográficas, experiencias como ansiosos espectadores no como actores.
Tenía una memoria prodigiosa y recordaba escenas de películas estrenadas en los años cincuenta y sesenta, período que a gusto de ambos fue el culminante del cine norteamericano. Coincidíamos en esta materia, en todo, no había margen para una discusión. Pero en otro aspecto sí que divergíamos. Antonio era un optimista, yo no.
Tenía fe en el futuro, partía de la base que los tiempos del porvenir serían mejores, que se solucionarán todos los problemas del tiempo presente, que el progreso, imparable, traería bienestar a nuestros semejantes, como diría aquel cantautor que también extraño, que vuelvan pronto los emigrantes, haya cultura y prosperidad. En nuestras interminables conversaciones sobre estos temas, tocábamos también el de la muerte que está presente estadísticamente entre los de avanzada edad.
Quería vivir hasta los cien años porque tenía curiosidad de presenciar los avances de la técnica que parecen imparables y de velocidad vertiginosa. Si había que morirse, deseaba que el óbito no fuese repentino, súbito.

Por el contrario, quería disponer de un tiempo para poner sus asuntos más en orden todavía -porque pocas personas he conocido más metódicas, disciplinadas, organizadas, sistemáticas, cuidadosas y meticulosas durante mi vida. Al menos ese deseo lo vio cumplido. No sé si durante el breve plazo de su última enfermedad y su agonía tuvo la oportunidad de apreciar que se iba, pero sí sé que consiguió reunir en torno suyo a su extensa familia que probablemente no había tenido la suerte de hacerlo. Esto le pesaba y me consuela haber sido testigo de ese anhelo cumplido. No nos dio tiempo para asimilar el tránsito inminente. Hasta el Día de Andalucía, estaba como siempre y para el Corpus ya no estaba entre nosotros. Guardo su último mensaje del 7 de marzo en respuesta al mío en el que instaba a encontrarnos el sábado 14: “Desear (pasear según mi invitación) por supuesto, pero me temo que esos paseos nuestros no podré continuarlos por problemas de salud. Ya hablamos cuando estés aquí.”
Claro que hablamos y me puso al día de esa dolencia entonces todavía no totalmente identificada que se lo llevó y nos vimos en todas ocasiones que pude.
Sus últimas palabras, una semana escasa antes del desenlace fueron “no te vayas” cuando, por prudencia y por la concurrencia de muchos, comuniqué que marchaba por razones de espacio y para no agobiar al enfermo. Gente así no debería morirse nunca.
Su reencontrada fe lo consolaba, sabía que se iba a un mundo mejor, pero en el nuestro, en el mío, dejaba un hueco imposible de llenar.
Amigo Antonio: ¡cuánto te extraño!













