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Home Andalucía

La Línea vive intensamente su Feria y recuerda con el discurso institucional de Rubén García su 156 años como ciudad

Jose Luis Yague by Jose Luis Yague
22/07/2026
in Andalucía, Campo de Gibraltar, Cultura y Sociedad, Gastronomía
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La Línea vive intensamente su Feria y recuerda con el discurso institucional de Rubén García su 156 años como ciudad
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Morante de la Pueblo que lidió un mal lote brindó al empresario linense y ex torero Curro Duarte, su amigo, en una tarde donde salió a hombros Juan Ortega.
La Línea rinde homenaje cada año, en Feria, al dulce local «La Japonesa». En la foto degustándola en el Café Modelo cn su propietario Guillermo Ruiz Calama, el alcalde, Juan Franco y la concejal de Fiestas, Mercedes Atanet
La Misa Rociera sigue celebrándose al aire liobre en los jardines Municipales y frente al monumento a la Patrona de la Ciudad, la Inmaculada Concepción.–

La Línea de la Concepción vive intensamente su Velada y Feria 2026 que comenzó en la tarde noche del viernes 17 de Julio con el brillante acto de la Coronación de las Reinas y Damas, el Pregón de Feria, el cante de Erika Leiva y ya pasada la medianoche y entre el volteo de las campanas del Santuario de la Patrona, la Inmaculada Concepción,  la ofrenda de flores y frutos a la Virgen, protagonizando un desfile de belleza por la Calle Real con docenas y docenas de linenses guapas y sus acompañantes,  luciendo el traje andaluz y con el acompañamiento de la Banda de Música que no cesaba de interpretar el el himno de La Línea:  “Española y Gaditana” con letra del periodista Gabriel Baldrich (qepd) y música del maestro Rafael Jaén al que La Línea recuerda estos días y siempre, .con cariño.

El Domingo Rociero comenzó con el despertar del tamborilero marchando por las calles de La Línea, y a las 11 la Misa Rociera en los jardines de Saccone (más fresquito, bajo la sombra de las centenarias araucarias), instalando el altar, con la imagen de la Inmaculada en el pórtico del Palacio Municipal y Museo Cruz Herrera.

La Línea se volcó en La Atunara y en las playas de Levante para ver a la Virgen del Carmen en su Procesion Marítima.- FOTO MARCOS MORENO

 Así comenzaban los 10 dias de la Velada y Feria de La Línea de la Concepción, pero el jueves antes, el dia 16, el pueblo se volcó en la barriada de La Atunara y en las playas del mar de Levante para honrar a la Reina de los Mares, a la Virgen del Carmen.

 La Línea tiene el recinto ferial más atractivo que se conoce en toda la Baja Andalucía y no solo por sus Casetas, tómbolas, churrerias o el mítico puesto de los “pinchitos morunos” donde una familia linenses de origen árabe sigue, año tras año, honrando a su fundador, sirviendo miles de pinchitos, chuletas a la brasa y delicias del cordero, sino porque a La Línea acuden carruseles y atracciones de gran porte que no acuden a todas las Ferias. Y vienen porque la Feria de La LÑínea es la Salvadora de lo feriantes, que en años de crisis después de deambiular por toda Andalucía era la Feria de La Línea la que salvaba su economía.

 A ello contribuye también y mucho, el vecino pueblo de Gibraltar que nada mas cruzar la desaparecida Verja tiene la Feria al lado, donde cada una de las 10 noches de Feria se jan con h¡gusto sus buenas libras y hacen que la Feria de La Línea sea distinta. En lo económico y en el ambiente sensacional.

40.000 Personas disfrutando la Cabalgata

 Las casi cinco horas que la Cabalgata de Feria con más de 30 carrozas y con ellas, bandas de música y charangas que invitan a convertir la Avenida de España y toda la ruta hacia la cercana Portada de Feria en una enorme pista de baile y alegría ha sido vivida por mas de 40.000 personas, y que es un espectáculo único.

La costiumbre es que en mesas y sillas de playa, en cubos llenos de bebidas fresquitas, se lleve la cena a la Cabalgata: La Tortilla de Patatas, los empanados, el jamon y el queso, o las gambas e incluso cigalas, que también, y todos esos manjares que entran de maravilla con el rebujito y la manzanilla fresquita.

Tras la alegría en el recinto ferial por el memorable triunfo de España, el día 20 se celebra el 156 Aniversario de la Fundación como ciudad con una Pleno Extraordinario donde junto a la presencia de la Reina y el cortejo de damas, ha brillado, como nunca el emocionante discurso institucional de nuestro compañero en la Redacción de “AREA”, Rubén García Perea, quien prefirió centrarse en el presente y en el porvenir de La Línea de la Concepción, subrayando en todo momento el espíritu de superación y la dignidad histórica de la ciudadanía linense.
Parte del discurso ha girado en torno a la reciente caída de la verja y la negociación del Tratadocn la Unión Europea.

Rubén García ha demandado de forma explícita que este hecho se traduzca en una “prosperidad compartida” real, con inversiones tangibles en empleo, vivienda, infraestructuras y seguridad para el municipio. Asimismo, ha ensalzado el tejido social local como el verdadero motor de resistencia frente a las adversidades históricas. “Un tratado empieza cuando se firma. La prosperidad empieza cuando se nota. Y el éxito de la obra dependerá de cómo se represente y de si quienes llevan décadas sobre el escenario pueden, por fin, vivir dignamente de ella.”
Aludiendo a la realidad de la emigración juvenil, García Perea se mostró visiblemente emocionado al recordar vivencias de su propia generación: “Nos fuimos a Málaga, a Sevilla, a Madrid, a Londres o allí donde hubiera una oportunidad. Aprendimos a explicar La Línea antes incluso de explicar quiénes éramos nosotros y nos acostumbramos a responder preguntas, desmontar bromas y defender en conversaciones de cinco minutos una ciudad que otros llevaban años juzgando desde lejos.”
Finalmente, el texto ha concluido con una llamada a la justicia social y al orgullo de pertenencia, instando a las administraciones a dotar a la ciudad de herramientas de desarrollo y no meramente de reconocimientos a su capacidad de resistencia. “La Línea no pide caridad, pide igualdad; no pide compasión, pide inversión; no pide privilegios, pide justicia”, ha sentenciado.
Tras la finalización del discurso, calificado por el alcalde de “brillante”, el primer edil ha concluido la sesión no sin antes escuchar los sones del pasodoble ‘Española y gaditana’.


 Izado la bandera de La Línea. La corporación e invitados,junto a la reina juvenil, Paula Sánchez Martínez, y su corte de honor se han dirigido hasta la glorieta Carlos III con el acompañamiento de la Banda Municipal de Música. La izada de bandera ha estado a cargo de la coordinadora de la AGE en el Campo de Gibraltar, Esperanza Pérez; el subdelegado de la Junta de Andalucía en la comarca, Javier Ros; la portavoz municipal del PP, Susana González; de La Línea 100×100, Manuel Abellán y el concejal del PSOE, Bilial Berouain.

Screenshot

 Ruben García comenzó su discurso diciendo:

“Y aquí estamos, en medio de la Salvaora, con resaca de emociones del día de ayer tras la final del Mundial y agradeciendo a los que han hecho posible que hoy, hable como linense y no como periodista detrás de un micrófono. Gracias por la oportunidad al que siempre pregunta de ser preguntado por su ciudad. La ciudad que hoy cumple 156 años de su fundación, 156 años cumplía en enero de su segregación del municipio de San Roque. Y también me van a permitir que mire al pasado como marcan los cánones pero siendo realista con mi trayectoria, mi experiencia y mis vivencias. Para trasladarme a los patios de antaño, los gobiernos anteriores, los logros y vicisitudes del pasado, no tendría más que irme a los extraordinarios discursos que me han precedido; a los historiadores y cronistas de nuestra tierra que conocen al dedillo el camino recorrido para llegar hasta aquí pero, me van a perdonar. En agosto cumpliré 30 años y no sería más que un empape de historia, interesante y enriquecedora pero que poco tendría que ver con lo que yo he vivido en mis carnes. Por eso, hoy me permitirán que les hable de presente y de futuro. El que decía mi tocayo Rubén García que quería para su hijo Miguel o el que con cariño auguraba para esta ciudad el año pasado en este mismo lugar mi compañero Francis Heredia. Ese futuro que, quizá, haya empezado a escribirse ahora. O no.

La noche en la que cayó la verja, hace apenas días, conté alrededor de 20 micrófonos; medios nacionales, internacionales; forasteros que venían incluso sin saberse el nombre del alcalde de la ciudad que más puede sufrir o beneficiarse de este hito.

Un hecho histórico. No hay duda. Un logro. No hay duda. Una alternativa mejor al no acuerdo. No hay duda. Un momento de oportunidades, o no. Lo cierto es que no lo sabemos. El destino del amasijo de hierros que elevaron a varios metros del altura unos, que simularon derribar otros, que han criticado duramente otros… ese amasijo es simbólico. Para muchos, es el símbolo de echar la vista atrás y pensar en el sonido del cerrojazo. El que mantuvo separado a familias, el que seguro desgarró lágrimas, incertidumbre, separó amores, hizo buscarse la vida a otros tantos y dejó historias tan íntimas, que aprovecho para recomendarles el libro de mi amiga María Jesús Corrales. Dejó tantas cosas, que cualquier escenificación de derribo era poca. Faltaron quizá algunos fuegos artificiales. Lo cierto es que escenificación hubo. Y uno, que viene del teatro porque nunca olvida sus orígenes, echó de menos, guion. El guion es lo que sustenta la puesta en escena, el principio de todo, lo primero que se hace para poner en marcha sobre el escenario aquello que se quiere contar. 

Y fíjense si era importante ese guion que se ha tardado 10 años en escribir. Porque no era fácil, porque había que ceder, pero ahí está. Un guión que no puede más que agradecerse que esté en nuestras manos en forma de Tratado. 

Pero, ¿se imaginan si ese guión hubiese contado con la opinión de los actores? Aquellos que en el escenario deben sentirse a gusto con el personaje. Porque la gira puede durar años, porque estar en un papel a disgusto puede provocar que los artistas se quemen, se lamenten, dejen de dar lo mejor de sí y, en definitiva, dejen de ser felices. Y pasa una cosa. Los de La Línea, eso de que intenten arrebatarnos la felicidad ya lo tenemos aprendido.

Rubén, pensarán algunos, ya está bien de llorar. Siempre con la misma historia. Pero es que la historia se repite. Tratando de escribir este discurso, he encontrado decenas de manifestaciones a lo largo de la historia que han llevado a los linenses a la reivindicación. La asociación de trabajadores transfronterizos y su labor, no nació ayer. No nació por gusto. El espíritu de superación del linense no viene por gusto. Y además del amasijo de hierro que con alegría despedíamos la pasada noche del martes, faltaron algunos papeles. No muchos, un anexo al guion. De casi 1800 páginas a imprimir, había tinta para algunas más.

Histórico momento de quitar la Verja que separaba a La Línea de Gibraltar, tras el Tratado con la Unión Europea.- FOTO MARCOS MORENO

¿Se imaginan que junto a la verja más fotografiada de los últimos días, hubiese aparecido en la foto un paquete de medidas para hacer realidad eso de la prosperidad compartida? Un revulsivo para un edificio mastodóntico como el antiguo hospital que se desmorona después de ocho años y me llevó a publicar hasta fetos humanos en su interior para que acabaran tapiándolo; un parque de vivienda accesible para que la gente que pensaba que matándose a trabajar iba a tener un jardincito y ahora con un piso tiene que dar gracias a sus padres, al hermano y a la abuela que le han ayudado; una solución fácilmente comprensible para nuestros pensionistas que todavía hoy no tienen ni idea de qué va a pasar con ellos. O nuestros pescadores. Un plan de empleo pero de los que no se acaben a los pocos meses para que la lacra del narcotráfico no sea una opción aunque los cerque la policía. Una concienciación integral para que cuando a tu hijo se le siente al lado un compañero lleno de oros tenga la valentía de repudiarlo y no de quererlo y que acabe preguntándole a su padre que por qué Kevin lo lleva su papá en un Porsche y a él lo llevan en el Seat Ibiza que con tanto esfuerzo compraron. 

Medidas para que cruzar la verja sea un gusto y no una obligación para no acabar siendo empleado del papá de Kevin. Un cruce que para el que cruza, le repatea escuchar el sinsentido del ‘Gibraltar Español’ porque no puede más que pensar, que a ver dónde se mete, si vuelve un 1969. 

Medidas para no tener siquiera que ir ganarse el pan a los motores económicos que un día sí que concedieron a nuestros vecinos de San Roque, Los Barrios o Algeciras. Medidas para que la dignidad no sea solo cuestión de tener que creérnoslo si no tener razones para ello.

Esto no va de colores políticos. Primero, porque sin los de rojo probablemente no habríamos tenido el guion, porque los de azul podrían haber hecho algo más allá de la crítica, porque los de naranja podrían haber echado a la calle más veces a su gente ante la falta de medidas. Porque no es crítica para ninguno y puesta en común para todos. 

Porque el linense tenía los hierros muy vistos y los papeles muy poco. Porque la zona contigua ya está harta de tener que esperar para cruzar a su puesto de trabajo para el teatro. Porque todavía estamos a tiempo. Porque todos los que estamos aquí sentados queremos a esta tierra, porque antes que políticos, aquí hay buena gente, aquí hay gente que quiere a esta tierra por encima de los colores a los que representen. Y después de dar gracias por lo conseguido, después de haber criticado todo lo criticable desde más allá, sin tener ni idea de lo que pasa aquí, todavía podemos hacer posible lo de la prosperidad compartida. 

Pero lo siento linenses, va a tocar lo de siempre. Lo que viví yo durante 4 años cuando cogía el Blablacar desde Málaga a La Línea para venir a currar cada fin de semana. O lo que viví en Madrid durante más de un año. Sacar los dientes. 

—¿Qué tal, chicos? ¿De dónde sois? —me decían en un cochecito pequeño donde, normalmente, no olía demasiado bien.

—De Ayamonte.

—Yo, de Dos Hermanas.

—De Jerez.

—¿Y tú?

Y ahora decidme la verdad: ¿cuántas veces se os ha pasado por la cabeza decir «de Cádiz»?

De Cádiz no, señores.

De La Línea.

Y entonces, a esperar:

—Uf… No veas, ¿no?

—Yo lo he visto algunas veces en la tele y… tela.

Incluso:

—Qué miedo, ¿no?

Pues a partir de ahí ya se pueden imaginar lo que hacemos los linenses.

Toca, primero, respirar. Respirar, contar hasta tres y sonreír, porque la vergüenza no es nuestra.

—Pues mira, miedo ninguno. Respeto, todo. Lo que hay en La

Línea es mar por dos lados, una Roca al frente, Levante cuando se pone pesado, Poniente cuando nos regala atardeceres y una gente que suele ofrecerte una silla antes de preguntarte de dónde vienes.

Y, a partir de ahí, uno se convierte durante el trayecto en guía turístico, historiador, abogado defensor, gabinete de prensa y, si hace falta, hasta psicólogo del que preguntó. En diez minutos le hablamos de la Atunara, de la calle Real, de la Balona, de los volaores, del pulpo asado, del Domingo Rociero y de una ciudad en la que el problema nunca ha sido que falte vida, sino que demasiadas veces han faltado oportunidades.

Y al final suele llegar la frase:

—Pues yo no sabía todo eso.

Normal.

Si casi nunca lo cuentan.

Porque La Línea no es únicamente lo que aparece cuando suenan las sirenas, sino todo lo que continúa funcionando cuando las cámaras se marchan. 

No es el plano corto de una persecución, sino el plano general de una ciudad entera levantándose temprano. No es un titular: es la letra pequeña de miles de vidas honradas.

Tal vez por eso convenga empezar por el principio, pero no por un principio lleno de fechas y apellidos, sino por una imagen.

Antes de ser ciudad fuimos una línea dibujada para separar, una fortificación, una contravalación, una frontera militar. Y junto a aquella construcción pensada para la guerra, la gente hizo lo más revolucionario que se puede hacer al lado de un muro: vivir.

Donde otros pusieron piedra, levantamos hogares; donde otros vieron arena, trazamos calles; donde el mapa parecía terminar, nosotros empezamos.

Aquella primera muralla acabó cayendo cuando cambiaron las alianzas y la historia dio una de sus vueltas. Más de dos siglos después, también ha caído el hierro que todos hemos visto desde niños. Cambian las piedras, cambian los hierros y cambian quienes se hacen la fotografía delante de ellos.

La gente permanece.

Y quizá esa sea la biografía más exacta de La Línea: todo lo que pretendió separarnos terminó cayendo y todo lo que nos sostuvo llevaba nombre y apellidos.

El 17 de enero de 1870, aquellos vecinos consiguieron la segregación de San Roque. El 20 de julio, la primera corporación municipal echó a andar. Tenemos, por tanto, hasta dos maneras de celebrar que decidimos ser nosotros mismos: una fecha nos dio término municipal y la otra nos dio voz propia.

Pero el carácter no nos lo concedió ningún decreto.

Ese ya venía puesto de casa.

Éramos poco más de trescientos vecinos, un puñado de calles, algunos cuarteles, una aduana, un cementerio, mucho mar y mucha arena. Nos dieron poco suelo y respondimos con mucho horizonte; nos llamaron Línea y acabamos siendo punto de encuentro; nos hicieron pequeños en el mapa y nos empeñamos en ser inmensos en el sentimiento.

Y antes incluso de que el Ayuntamiento tuviera actas, la Atunara ya tenía memoria. Allí el mar llevaba siglos enseñando una lección que después aprendería toda la ciudad: hay que salir aunque la noche esté oscura, aguantar el temporal y volver con el día.

Los pescadores pusieron el esfuerzo y las mujeres remendaron redes, casas, cuentas y ausencias. Entre todos hicieron del salitre una forma de dignidad.

No teníamos campos para una feria de ganado, pero teníamos ganas de encontrarnos. Por eso, apenas unos años después de nacer, inventamos nuestra Velada. Hay pueblos que celebran porque prosperan; nosotros, muchas veces, hemos prosperado porque celebramos, porque salir a la calle, compartir una mesa, abrir una casa y bailar juntos también ha sido una manera de resistir.

Antes de llamarla Salvaora, ya nos estaba salvando.

Fueron apareciendo la Inmaculada, la Comandancia, la plaza de toros, el mercado, los patios, los huertos y las calles rectas de una ciudad que crecía deprisa. Hasta la Balona nació antes de que oficialmente nos concedieran el título de ciudad.

Primero llegó el sentimiento y después el papel.

Muy de La Línea también eso.

Durante demasiado tiempo no tuvimos universidad, pero exportamos pintores, compositores, cantaores, humoristas, deportistas, profesores y trabajadores que han dejado huella por medio mundo. Talento sin campus, maestros sin despacho y gente que aprendió en la calle cosas que todavía no aparecen en los libros.

Porque una ciudad no se mide solo por lo que construye, sino también por a quién recoge cuando todo se hunde. En 1891, cuando el vapor Utopía se fue a pique con centenares de emigrantes italianos a bordo, aquella población joven, que tampoco tenía demasiado, se movilizó para acoger, cuidar y dar sepultura digna a quienes no conocía.

La Línea apenas estaba aprendiendo a ser municipio y ya sabía ser humanidad.

La dignidad, aquí, nunca necesitó pasaporte.

También aprendimos pronto que los derechos rara vez bajan solos desde un despacho. Hubo trabajadores que levantaron la voz y páginas de nuestra historia que quedaron manchadas de dolor. Vinieron una guerra, la pobreza, el hambre y hasta bombas lanzadas en un conflicto que no era el nuestro. Demasiadas veces hemos sido periferia en los mapas y centro exacto de las consecuencias.

Y, aun así, hubo una Línea luminosa: la de los cines llenos, los patios con las puertas abiertas, los comercios, los cabarets, el Hotel Universal, el viejo San Bernardo, las barcas entrando al amanecer y una calle Real que parecía no acabarse nunca.

Una ciudad joven que creció tanto y tan rápido que quienes la vivieron todavía la cuentan con los ojos encendidos. Hasta que alguien, desde un despacho, giró una llave.

En 1969 cerraron la Verja y, al cerrar una puerta, abrieron miles de maletas. Lo que para algunos fue una decisión de Estado, aquí fue una silla vacía en la mesa, un sueldo que desaparecía, un padre marchándose a Londres, una madre estirando lo imposible, un abuelo criando otra vez, un amor interrumpido y un recién nacido enseñado desde lejos entre alambres.

Fue aprender a gritar para hablar con quien estaba a unos metros.

Fue tener a la familia cerca en el mapa y lejísimos en la vida.

Prometieron compensaciones. Algunas llegaron; otras se quedaron en discursos, sellos, planes y fotografías. Y muchas de las oportunidades que debían curar la herida acabaron instalándose a varios kilómetros de la herida.

A La Línea le tocó sufrir la decisión.

A otros, administrar el remedio.

Pero la ciudad no se murió. No se murió porque hubo mujeres capaces de convertir cuatro ingredientes en comida para ocho; porque hubo hombres que aceptaron cualquier trabajo honrado allí donde lo encontraron; porque hubo familias que se repartieron a sus hijos por media Europa y siguieron diciendo «vamos a casa» cuando volvían aquí; porque hubo comerciantes que levantaron la persiana sin saber si entrarían clientes y vecinos que cuidaron del vecino.

Ahora a eso le dicen resiliencia.

Aquí se llamaba tirar palante.

Cuando la Verja volvió a abrirse regresaron los abrazos. Se acabó enseñar a los niños desde la distancia y hablar a gritos a través de la alambrada. Pero abrir una puerta no devuelve los años perdidos, no repone la juventud de quien emigró ni borra el miedo de quien se quedó.

Las heridas históricas no se cierran con el mismo sonido con el que se abre un candado.

Y llegamos a estos días.

El hierro, por fin, ha caído.

Bien caído está.

Que nadie confunda nuestra exigencia con falta de alegría. Nos alegramos de que desaparezca una barrera que nunca debió condicionar tantas vidas, de que dos poblaciones condenadas a entenderse puedan hacerlo ahora con menos obstáculos y de que los trabajadores puedan mirar al futuro con algo más de tranquilidad.

Pero un tratado empieza cuando se firma.

La prosperidad empieza cuando se nota.

Y, ya que antes hablábamos de guiones, el tratado puede ser un buen guion, incluso un guion histórico, pero el éxito de la obra dependerá de cómo se represente y de si quienes llevan décadas sobre el escenario pueden, por fin, vivir dignamente de ella.

En la función que ahora comienza, La Línea no puede limitarse a poner el escenario, el público y buena parte de los trabajadores mientras otros se reparten los papeles principales.

Esta vez tenemos que estar en el reparto, en la dirección y también en la taquilla.

La prosperidad se nota en el empleo, en la vivienda, en el precio del alquiler, en la formación, en la seguridad, en una empresa que decide instalarse aquí, en un joven que puede quedarse y en una familia que ya no depende de que cada mañana todo funcione bien al otro lado.

Se nota en un antiguo hospital que deja de ser ruina y vuelve a ser oportunidad, porque nadie come artículos ni paga una hipoteca con titulares.

La prosperidad compartida tendrá que tener código postal y el primer código postal que debe notarla es el que ha soportado durante décadas el peso de la frontera.

Que el acuerdo no sea un punto final, sino un punto de partida.

Y que no vuelva a ocurrir que La Línea ponga el dolor mientras otros se reparten el desarrollo.

Cooperar, sí; depender, no. Compartir, sí; renunciar, no. Ser buenos vecinos, siempre.

Ser el patio trasero, nunca.

Y mientras todo eso se decide, se desarrolla y se lleva del papel a la calle, esta ciudad no se ha quedado quieta. La Línea avanza; no tanto como merece ni tan deprisa como necesita, pero avanza.

Se recuperan espacios, se renuevan parques, se transforman instalaciones deportivas, se mejoran accesos, calles y equipamientos y se vuelve la mirada hacia el Fuerte de Santa Bárbara, levantado para la defensa y llamado ahora a servir para comprender nuestra historia.

Hasta eso tiene algo de justicia poética: convertir un lugar de conflicto en un lugar de memoria.

Durante demasiado tiempo estuvimos obligados a apagar fuegos. Empezar a dibujar el mañana también es una forma de progreso.

Y decir esto no significa negar lo que falta. Amar a una ciudad no consiste en aplaudirlo todo, sino en no permitir que nada se abandone. Quien señala una acera rota no quiere menos a La Línea: la quiere mejor. Quien exige vivienda, empleo, seguridad o limpieza no está atacando a su pueblo, sino negándose a que se conforme.

Podemos estar orgullosos y ser exigentes al mismo tiempo. Es más: debemos.

Porque las obras cambian una calle, pero es la gente la que cambia una ciudad.

¿Quién lleva a La Línea en volandas?

La lleva la mujer que abre su negocio cuando todavía están baldeando la calle; el trabajador transfronterizo que cruza cada mañana y vuelve cada tarde con el cansancio pegado a la camisa; el pescador que sigue leyendo el mar como otros leen un contrato; la limpiadora que deja preparado un colegio antes de que entren los niños; el maestro que consigue que un alumno se crea capaz; el sanitario que atiende sin preguntar de qué lado viene nadie y el policía que conoce el barrio y también a sus familias.

La llevan los autónomos que sobreviven a facturas, temporadas flojas y obras en la puerta; los camareros que hacen de una terraza un lugar de encuentro; los taxistas que explican la ciudad mejor que cualquier folleto; los periodistas que cuentan lo malo, como deben, pero pelean también para que lo bueno encuentre un hueco; los artistas que convierten nuestro acento en talento y los deportistas que llevan el nombre de La Línea allí donde nunca llegan los prejuicios.

La llevan los clubes, las asociaciones, las cofradías, las peñas, quienes reparten comida, quienes acompañan a los mayores y quienes tienden una mano a un joven antes de que sea tarde.

Y la llevan, sobre todo, tantas mujeres que han sostenido esta ciudad sin aparecer en ninguna placa: madres, abuelas, cuidadoras, trabajadoras, empresarias y vecinas que han hecho economía con una libreta, asistencia social con una olla y mediación familiar alrededor de una mesa camilla.

Mucho antes de que las instituciones hablaran de redes, ellas ya habían tejido una.

También la llevan quienes llegaron de fuera y se quedaron, porque aquí hay linenses de nacimiento y linenses de decisión. Gente que vino llorando, como dice la frase, y que después lloró solo de pensar en marcharse.

La Línea tiene ese extraño poder: te pide explicaciones al entrar y termina dándote motivos para quedarte.

Por eso, cuando alguien pregunta cómo ha sobrevivido esta ciudad a tanto, la respuesta no está en un ministerio ni en un tratado.

Está en sus calles.

Ahora bien, no convirtamos la resistencia en condena. Ser fuertes no puede significar que siempre nos toque soportar más. La valentía de los linenses no puede figurar como una partida de ahorro en el presupuesto de ninguna administración.

Ya hemos demostrado bastante.

No queremos otra medalla por aguantar.

Queremos razones para vivir bien.

Yo les dije al principio que en agosto cumpliré treinta años y quizá por eso no he venido a prestarles una nostalgia que no viví, sino a hablarles de una esperanza que sí me corresponde.

Mi generación creció escuchando que para prosperar había que marcharse. Nos fuimos a Málaga, a Sevilla, a Madrid, a Londres o allí donde hubiera una oportunidad. Aprendimos a explicar La Línea antes incluso de explicar quiénes éramos nosotros y nos acostumbramos a responder preguntas, desmontar bromas y defender en conversaciones de cinco minutos una ciudad que otros llevaban años juzgando desde lejos.

Pero también aprendimos cosas fuera.

Y muchos volvimos.

Y otros quieren volver.

No para encerrarnos aquí, sino para abrir La Línea al mundo; no para vivir del recuerdo, sino para convertir todo lo aprendido en una herramienta.

Porque el éxito no puede medirse únicamente por la distancia a la que uno consigue marcharse.

También debe medirse por la posibilidad de regresar.

Ojalá llegue un día en que, en otro BlaBlaCar, alguien vuelva a preguntarme:

—¿Y tú de dónde eres?

—De La Línea.

Y no haya un silencio raro, ni un «uf», ni un «qué miedo». O quizá sí haya una pregunta:

—¿La ciudad donde cayó la Verja?

Y podamos responder:

—No. La ciudad donde la gente nunca cayó.

La ciudad que convirtió una frontera en puente, el puente en oportunidad y la oportunidad en futuro.

Hoy La Línea cumple 156 años. Es una ciudad joven con cicatrices antiguas, una ciudad que no necesita borrar su pasado para avanzar, sino recordarlo bien para no repetirlo.

Una ciudad que nació de una línea y se ha pasado la vida demostrando que no tiene límites. No hemos venido solo a soplar velas.

Hemos venido a encender luces: una para quienes se fueron, otra para quienes se quedaron, otra para quienes vuelven y todas las que hagan falta para quienes vendrán.

Que nadie nos regale el futuro, pero que nadie vuelva a quitárnoslo. Que nadie nos pida silencio, pero que todos puedan contar con nuestra mano. Que nadie confunda humildad con resignación ni alegría con conformismo.

Y que nadie vuelva a hablar de La Línea sin escuchar antes a La Línea.

Porque si la golpean, aguanta; si la olvidan, se nombra; si la cercan, se ensancha; si la caricaturizan, se muestra.

Y si intentan callarla, canta.

De Levante a Poniente, de la arena al corazón, la levanta siempre su gente: La Línea de la Concepción.

La Línea no pide caridad, pide igualdad; no pide compasión, pide inversión; no pide privilegios, pide justicia. Y no pide permiso para soñar.

Pide herramientas para trabajar.

Screenshot

Quizá por eso la Salvaora no sea solo el nombre cariñoso de nuestra Velada.

Es casi nuestra biografía:

La Línea salvándose a sí misma una vez más, sin dejar de bailar.

Porque a esta ciudad no la salvará por sí solo un tratado, ni un titular, ni una fotografía, ni un gobierno.

A La Línea la han salvado siempre los linenses.

Pero ya va siendo hora de que no tengan que salvarla solos.

Feliz 20 de julio.

Feliz 156 aniversario.

Y viva, hoy y siempre, La Línea de la Concepción”, terminó gritando.

Comienza la Feria Taurina con Morante, Ortega y Aguado

 La Velada y Feria de La Línea de la Concepción, siempre fue, ha sido y será uno de los acontecimientos festivos más importantes de la Baja Andalucía donde las corridas de toros y novilladas cobran un atractivo especial enmarcadas en unas fiestas de gran atractivo, que merecen vivirse.

 Todo dio comienzo el 17 de julio, día después de las celebraciones en honor de la Virgen del Carmen que dierán paso a la espectacular y atractiva Coronación de las Reinas y Damas que al atardecer de ese viernes 17 congregando ante el impresionante escenario que tenía como tema este año la reproducción de la fachada del palacio Municipal en los míticos Jardines Saccone con el telón de fondo del Peñón de Gibraltar, donde ademas del Pregón y la Coronación, su dieron actuaciones y momentos de gran belleza se suceden para culminar, ya cerca de la una de la madrugada con el desfile de Damas, acompañantes del brazo y Reinas ya coronadas formando un largo cortejo de belleza juvenil con alumnas de las escuelas de baile, ramos de flores al brazo y banda de música para marchar hasta  el Santuario de la Inmaculada, campanas al vuelo en la madrugada, para la tradicional Ofrenda a la Patrona. Ahí arrancó el impresionante programa de fiestas y toros que dura 10 días, hasta que en el amanecer del lunes 27 los más jóvenes y atrevidos acuden a darse un baño en la playa de Levante.

 Antes, los fuegos artificiales habrán iluminado la Bahía y en las casetas se habrán vivido noches incomparables, como la del Domingo Rociero con el Triunfo de la Seleccion de España en Nueva York venciendo a la marrullera y violenta Argentina..

Los linenses dispersos por el mundo entero, desde Australia a Estados Unidos, desde Inglaterra a Francia y Alemania, desde Valencia, Barcelona y Madrid acuden a las casas de su familia o a las que muchos de ellos mantienen cerradas desde que el cierre de la frontera los envió a la diáspora a buscarse la vida. Algunos de aquellos ya no están, pero si sus descendientes que siguen queriendo a La Línea. Y disfrutarla.

La Línea está viviendo la Feria de la Alegría, su Feria. Su Velada y Fiestas, su Feria. Y la eliminación física del paso fronterizo, la va a une, mucho más, si cabe con las ciudad vecina de Gibraltar que tiene en La Línea su auténtica Feria, en la que, alegres, se gastan sus buenas libras los gibraltareños, para convertirla en “La Salvaora” que tanto alegra la economía de los feriantes.

Fotos de Bartolo del Archivo de La Tribuna Hoy, Andalucía

Morante, con Castella y Talavante abren los Toros

 Es el lunes día 20 de julio cuando toreará en La Línea, Morante de la Puebla, que viene este año, con otros grandes de la torería como ese Juan Ortega del toreo elegante, con esa revelación de arte y valor que es Aguado.

 Y en otra tarde, el sábado 25,  Castella, Talavante y De Miranda, junto a esos novilleros que sueñan con ser figuras y nos demuestran el arte y el poderío que llevan dentro y que agradecen el estímulo de una afición que quiere seguir manteniendo viva la Fiesta. Como debe ser.

La Plaza de Toros de La Línea, ahora remozada y modernizada por el alcalde Juan Franco, para hacerla mucho más grata, siempre fue la preferida del aficionado de Ronda y su serranía, de Marbella y la Costa del Sol, de Los Barrios y la Ruta del Toro desde Alcalá y Medina al Puerto, aficionados a los que gusta disfrutar de La Línea y de sus tardes de toros. Eso sí, con buena merienda.

La Línea se abre esplendorosa en sus días de Feria para ofrecer algo distinto y atractivo al visitante. Nada de la vieja estampa, nada de los tópicos y mucho de alegría de una ciudad muy mejorada, muy agradable a todas horas, con un centro de bares y tascas de ambiente espectacular. Todo el pueblo de La Línea se apresta a dar brillo y esplendor a la Velada y Feria más atractiva de toda la Baja Andalucía. El Ayuntamiento con el alcalde Juan Franco (Partido Independiente 100×100) y su teniente de alcalde delegada de Fiestas, Mercedes Atanet se han movilizado para hacer que éstos sean unos días memorables para linenses, gibraltareños y visitantes todos.

Hay que vivir el Domingo Rociero en las calles del centro en el entorno de la plaza de la Inmaculada una vez celebrada la Misa Rociera. Y sobre todo el ambiente del recinto ferial.

Y si las corridas de toros son un atractivo para los pueblos vecinos, desde Marbella hasta Medina Sidonia, es la Cabalgata un espectáculo único que el sábado 18 se disfruta en la calle. Una veintena de bandas de música y charangas que acompañan a las carrozas del desfile  se van parando a lo largo del recorrido para hacer que miles de personas se lancen a bailar los pasodobles o los ritmos caribeños más populares en medio de la calle. Algo que hay que vivirlo. Así, la Cabalgata dura 4 ó 5 horas animando a miles de personas. Hay que decir que a la Cabalgata hay que llevar la cena y que no falte la bebida. Peñas, familias y grupos de amigos montan el chiringuito en plena calle y a disfrutarlo.

En este aspecto hay que recordar que también para vivir las tardes de toros en La Línea, es conveniente contar con una buena merienda y el fino y la manzanilla, que no falte. Así, se ven los toros de otra manera. Con otra alegría.

En Marbella, en Manilva y en toda la Costa, hay muchas familias de linenses y de amigos de linenses que viven las tardes de toros de La Línea, la Cabalgata, el Domingo Rociero, el ambiente de Feria en las Casetas o en un recinto ferial deslumbrante y cómodo con las atracciones y cacharritos que no van a otras ferias y a La Línea, si. con abundantes zonas de aparcamiento alrededor.

Disfrute estos días y siempre de La Línea de la Concepción, un pueblo alegre y acogedor que estos días va a ser noticia con la desaparición física de la última frontera de la Europa Unida.

Con artículos y reportajes así se promocionaba en Madrid y desde la casa del Campo de Gibraltar, el Domingo Rociero y la Feria de La Línea consiguiendo en aquellos años, traer a La Línea un autobús completo de madrileños para disfrutar de la Feria de La Línea. Igual hay que continuar aquella promoción y que la Feria linense se convierta en atractivo turístico para todo el Sur del Sur, con tanta belleza y maneras de pasarlo bien que ofrece todo el Campo de Gibraltar.
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